Capítulo 1 – Cipactli

Avanzada la tarde, las sombras se deslizaban a lo largo de las calles polvorientas de la Ciudad, así como los sonidos ocupados de los comerciantes, sacerdotes y mensajeros dio paso a los sonidos más suaves del tráfico por la noche. Los niños gritaban y balbuceaban mientras jugaban entre el barro blanco lavado de las casas. Un argumento que se llevaba a cabo en uno de los edificios cercanos, acompañado por el llanto intermitente de un niño. Cada vez que los gritos se detenían, el llanto del niño también hacia una pausa, sólo para resumirse mientras la discusión se encendía para producirse nuevamente. Un olor sutil, ligeramente dulce era detectable en parches, como las bolsas de aire flotaban sobre la ciudad de las camas del lago de caña en descomposición, cada vez más expuestas a la cámara de aire de calentamiento.

Pie de Garra y Maíz Pequeña, acompañados por el hermano de Maíz Pequeña, Índigo y otro chico llamado Escudo de Oro quien los seguía sin vacilar, movían con cautela por las calles que se iban vaciando gradualmente. Ellos usaban las puertas y callejones sombríos para hacer una pausa y mirar a la cada vez más escasa multitud. El clamor del distrito de Cuepopan comenzaba a establecerse así como titulares de los puestos en el mercado hacían su camino de regreso a tierra firme por el norte y el oeste de las calzadas. Los porteadores caminaban cansados por él camino con enormes cestas de caña en la espalda. A pesar de estar vacías, las cestas contenían al incio del día en el viaje interior a la ciudad las mazorcas de maíz, fruta, alubias, tomates, chiles y tortillas. El mercado de Tlatelolco era un asunto mucho más discreto hoy en día en comparación con el bullicio antes de la hambruna, pero la gente todavía hacía negocios allí, con aquellos que aun podían pagar los precios inflados. La prolongada sequía y los fracasos reiterados de los cultivos de los últimos cuatro años fueron tomando su peaje. Los trabajadores luchaban para pagar los precios de los alimentos básicos y aquellos que no tenían un trabajo regular comenzaban a morir de hambre. Las cosas eran bastante malas en el valle alrededor de Tenochtitlán; Pie de Garra había oído decir que en lugar de morir de hambre, la gente de la meseta de Totonicapán se había estado vendiendo a la esclavitud en tal número que el lugar estaba desierto. Aun cuando él no tenía ninguna intención de hacer lo mismo, sin embargo si las lluvias no regresaban sería un verano muy tenebroso.

Pie de Garra hizo una pausa para mirar a Maíz Pequeña, la única chica de la pandilla. Así como los chicos ella era tan delgada al punto de emaciación. Ella tenía una pequeña nariz en forma de botón y un caótico cabello enredado, mismo que Pie de Garra encontraba de lo más atractivo en forma tal que el mismo no podía explicar. Ella tenía un saco de tejido áspero colgado sobre su espalda, este contenía sus cosechas escasas del día; un pan de maíz, abollado por un lado, tres tomates de los cuales uno de ellos había estallado parcialmente abierto y una muñeca pequeña de madera la cual Maíz Pequeña les había convencido que ella podía vender para comprar más provisiones. A sus 10 años de edad (un ano menor que Pie de Garra) ella era ferozmente independiente.

– “¿Quieres que cargue la bolsa por un tiempo?,” Pie de Garra le ofreció nuevamente.

Maíz Pequeña solo hizo un gesto de desaprobación frunciendo el ceño hacia él.

Los otros dos chicos se les emparejaron. Índigo había sido el líder de la pandilla, cuando Pie de Garra se los encontró. El hermano de Maíz Pequeña era alto para su edad, con un alcance largo. Sin embargo Pie de Garra había utilizado toda su velocidad y astucia para ganarle en una pelea y tomar el control del grupo.

– “¡Tengo hambre!” Escudo de Oro lloriqueó por enésima vez ese día. Sus ojos tenían una mirada hundida, vacía; él mismo tenía el tipo de mirada lánguida que había captado a Estrella Voladora antes de que lo perdieran en la hambruna. El miembro más joven de la banda se había vuelto cada vez más aletargado y luego cogió una tos que no podía sacudirse. Entonces un día, Estrella Voladora estaba demasiado débil incluso para la tos y los demás sabían que no iba a hacerla a través de la noche. No había un día que pasara desapercibido, en el cual Pie de Garra recordaba aquella noche en la choza que todos compartían, escuchando la respiración del niño se tornaba más tranquila hasta que con un pequeño suspiro, el temblor se había detenido por completo. Pie de Garra había escuchado, así como al mismo tiempo Maíz Pequeña sollozaba suavemente cuando ella también se dio cuenta de que Estrella Voladora había muerto y más lágrimas fueron derramadas al día siguiente por los otros cuando ayudaron a Pie de Garra a llevar el cadáver con un peso de pluma desde su choza en ruinas por las empresas de pompas fúnebres de la ciudad para disponer de él. Pie de Garra no había llorado. No tenia lágrimas que derramar por la hambruna.

Por lo general, uno de los miembros de la pandilla habría zapeado a Escudo de Oro diciéndole que se callara, sin embargo todos habían aguantado durante casi dos días, ahora con nada más que un tamal cada uno y todos sintieron lo mismo. A Pie de Garra le dolía el estómago y dos de sus dientes le dolían como el demonio. Por lo pronto el sólo podía esperar hasta que se le cayeran pronto y llevarse el dolor con ellos.

Durante un tiempo, la pandilla deambulaba por la calle de Coyote. Desde las tierras altas de aquí, ellos sólo podían ver algunas canoas en la distancia, haciendo su camino de regreso a través de la superficie del lago resplandeciente a Texcoco. Con el tiempo, hacia el norte, en la calle de Turquesa, donde los mercaderes ricos vivían. Aquí las ganancias serían más bondadosas, pero ellos tendrían que ser más cuidadosos, la guardia de la ciudad era más activa en esta área. Los transeúntes se concentraban en sus propios asuntos, al punto que apenas se daban cuenta de los niños. Pronto la pandilla llegó a la entrada de un patio, al otro lado de este quedaba el Canal del Norte. Allí se detuvieron y se movieron justo al interior, donde podían mantener la calle a la vista.

Un hombre alto llevaba puesto un sombrero de campesino y una capa de fibra marrón de un maguey brevemente detuvo su atención. Él se dirigía hacia el norte de la calzada, con un paso permanente que hacia que el saco que tenía en el hombro se columpiara de un lado de la espalda al otro. Al pasar por la puerta que ocultaba a los niños que estaban al acecho, estos vieron que la bolsa estaba vacía, así que se sentaron a esperar.

Desde su atalaya, Pie de Garra apenas podía distinguir la parte superior del Gran Templo del Sol y de la Lluvia. Los santuarios gemelos almenados encaramados en lo alto de la pirámide elevada, la piedra de los escalones de la pirámide se vestía de la mirada llena de luz del sol poniente y destellos de fuego de color naranja contra el oscuro cielo de color púrpura como fondo. Por un momento la calle estaba desierta. El pico de la tarde llegaba a su fin. Escudo de Oro empezó a patear con impaciencia los restos de una pila de leña, disturbando un nido de escarabajos en el proceso. Los otros lo detuvieron, en cuanto vieron una figura alta que se aproximaba a su dirección.

El hombre estaba descalzo lo que le hubiera identificado como un plebeyo, excepto que estaba vestido con un manto de algodón negro que hablaba de sus conexiones importantes. Él paseaba por la calle desierta con un paso medido y sin prisa; se detuvo solo una vez, brevemente para deslizar su mano por su cabello largo que le colgaba por debajo de sus hombros. Su vestido largo y negro fluía fácilmente mientras se acercaba a los niños que esperan. El hombre tenía agarrado por las patas, con su mano izquierda un Pavo grande. Mismo que colgaba inerte.

Los niños se reducían en las sombras conforme el hombre alto pasaba por el lugar donde se encontraban escondidos.

– “Mira el tamaño de ese pájaro!” susurró Índigo a Pie de Garra. “Con el dinero que nos haría en el mercado, podríamos vivir como la realeza por una semana.”

– “¿Por qué venderlo? Mi padre lo podría cocinar para nosotros “, dijo Escudo de Oro. Él era el único que no se había quedado huérfano a pesar de que había perdido a su madre en una fiebre el año anterior y su padre estaba enfermo e incapaz de realizar cualquier trabajo remunerado.

– “No vamos a compartir con tu padre”, insistió Índigo.

– “Él no va a querer una parte. Él y yo podemos compartir mi parte”.

Pie de Garra movió su mano hacia los dos en silencio. – “Esto no me gusta. ¿Por va en dirección al centro, si él está en su camino a casa?”

– “Oh, ¿a quién le importa?” Gimió Escudo de Oro. – “Tengo que comer.”

– “Sí, vamos. ¿Cuándo tendremos otra oportunidad como esta?” Añadió Índigo.

Pie de Garra asintió lentamente. – “Muy bien, tomen un tronco cada uno de esa pila y pásenme uno también.”

Los niños salieron del patio a la carrera, sus pies descalzos no hacían sonido en la tierra polvorienta. Pie de Garra e Índigo tomaron la delantera. Mientras corrían, cada uno de ellos agarraba y giraba su tronco como un arma. Cuando alcanzaron al hombre vestido de negro, ellos le golpearon en la parte posterior de sus piernas con todas sus fuerzas. Conforme sus rodillas se doblaban al mismo tiempo el lanzaba un grito de dolor, liberando el pavo para amortiguar la caída con las dos manos. El hombre y el ave caían por la calle de golpe, uno al impactarse contra el suelo levantaba una nube de polvo y el otro una explosión de plumas.

– “¡Rápido!” Chilló Maíz Pequeña, señalando el pavo. ‘Tómalo! ”

Escudo de Oro reunió la carga y los cuatro de ellos dio media vuelta y huyó, gritando con alivio y alegría, pero su alegría duró poco. Tres jóvenes, de cabeza rapada sacerdotes con expresiones feroces bloquearon la calle por delante.

– “Detente dónde estás!” Ordenó uno de ellos.

– “¡Mierda! Cachadores”, gritó Pie de Garra. – “Por este lado” les dijo y se dirigieron de nuevo hacia su víctima, su corazón latía rápidamente con una fuerza horrenda en la garganta, pensando que podrían hacerla pasando más allá de él mientras yacía tendido en el suelo. Para su horror, la pila de túnicas negras se estaba incorporando misteriosamente hasta llegar a sus pies. Este miró a los niños con mirada triunfante. Pie de Garra había desestimado las historias de los cazadores como nada más que cuentos exagerados contados por los niños asustados de la calle que habían escapado de las garras de los alguaciles del clan. Se suponía que los cachadores no existían. Los sacerdotes no tenían mandato para mantener las calles libres de asaltantes, pero aún persistían los rumores de que se estaban quedando cortos para las ofrendas que eran escasas para los dioses. Estos cuatro definitivamente no eran alguaciles del clan y Pie de Garra no tenía ninguna intención de averiguar lo que querían.

De alguna manera, los cuatro niños identificaron de inmediato que se encontraban en un gran problema. Alguna comprensión innata entre ellos les comunicaba del peligro en que se encontraban. Los niños pequeños no tenían permitido ver las ceremonias más brutales, pero todos sabían acerca de ellas. A veces se despertaban en la oscuridad de la noche con el sonido de los tambores, y muchas veces, cortando a través de las pausas momentáneas en el ritmo, los terribles, lagrimeos y agudos chillidos.

Pie de Garra y Maíz Pequeña rodearon a la figura de negro y corrieron hasta que estuvieron fuera de su alcance y luego se detuvieron para checar si Índigo y Escudo de Oro venían. La impresión había sacudido a Escudo de Oro de su letargo. Al punto que tomo la decisión de que el pavo lo hacía ir más despacio, por lo que se lo arrojo al hombre siniestro y aprovecho el momento de distracción para rodearlo hasta llegar a la seguridad. Índigo fue menos afortunado. Era desgarbado y más lento para reaccionar a la amenaza de modo que cuando finalmente trató de seguir a sus amigos encontró su camino bloqueado y los sacerdotes detrás de él estaban avanzando para cerrar la brecha.

– “¡Corre!” Gritó Maíz Pequeña, pero no sirvió de nada. El hombre de negro agarro a su hermano por el brazo y se lo retorció brutalmente a su alrededor al punto de llevarlo al suelo. Cuando los otros tres sacerdotes vieron que Índigo estaba siendo agarrado con firmeza se lanzaron en su persecución.

Pie de Garra agarró el brazo de Maíz Pequeña. – “¡Vamos!”

Juntos los niños huyeron por la calle de Turquesa, se escurrieron a través de un paso estrecho y saltaron por encima de una zanja con el sonido de la ruidosa persecución que retumbaba en sus oídos. Corrieron hacia el norte, hacia la Cuepopan antes de doblar de nuevo en los laberintos inmundos de Moyotlan donde esperaban que los sacerdotes no les seguirían. Corrieron hasta que sus frágiles cuerpos hambrientos cedieron por falta de energía y se escondieron en un almacén en desuso sin aliento. Maíz Pequeña estallo en llanto, los sollozos y las lágrimas rodaron por sus mejillas sucias. Escudo de Oro parecía demasiado sorprendido por las lágrimas. Este se reclinó contra la pared del almacén, con la boca entre abierta y cierre mientras luchaba por recuperar el aliento.

– “¿Quiénes eran?” – Preguntó-después de un tiempo.

– “Chachalmeca”, contesto Pie de Garra, utilizando el nombre de los sacerdotes que presidían los ritos de sacrificio. Nadie sabía si los cachadores eran los mismos sacerdotes que llevaban a cabo las ceremonias del templo sangriento, sin embargo entre más aterradora era la noción, más firme parecía echar raíces.

Pie de Garra sostenía suavemente a Maíz Pequeña para consolarla; ella lo miró con una expresión lastimera que era inconfundible.

él se ofreció diciendo – “Voy a regresar y ver si puedo traerlo con migo”.

Momentos más tarde, Pie de Garra se maldecía mientras rodeaba de regreso el camino donde habían sido emboscados, cautelosamente mirando a lo largo y a través de las sombras alargadas y preguntándose por qué se había ofrecido a ir en una misión tan tonta. No podía haber ninguna posibilidad de rescatar a Índigo de los sacerdotes, si aún estaban allí, sin embargo como líder de la banda él sentía responsable por lo que había sucedido; por lo que su ofrecimiento parecía lo correcto. En su camino de regreso cambio de rumbo un poco, así tomo la decisión de tratar de interceptar a los sacerdotes en la Puerta Este, ya que sin duda estos se dirigirían de regreso al templo. Efectivamente, cuando llegó a la esquina de un edificio que le permitía visualizar la puerta en el muro de la serpiente, entonces vio al sacerdote con ropas oscuras y melena de pelo negro agarrando a Índigo por la muñeca con una mano mientras que en la otra, agarraba al pavo. Parecía estar esperando que los otros tres sacerdotes regresar de su cacería.

Pie de Garra podía ver que Índigo estaba aterrorizado. A pesar de que era casi tan alto como el sacerdote, el niño era demasiado flaco y desnutrido como para darle batalla. Él estaba visiblemente temblando y un charco oscuro se extendía sobre las losas de piedra a los pies del muchacho.

– “Deja de lloriquear”, dijo el sacerdote en un tono de disgusto.

Índigo parecía haber dicho algo, pero era demasiado quedito para Pie de Garra alcanzara a escuchar. Fuera lo que fuese, al sacerdote no le gusto.

– “Cierra la boca!”, le ordeno y tomó a Índigo con un revés. “No debió haber estado tratando de robarle a la gente, entonces no lo habría hecho?

Pie de Garra se preguntó si podría forzar al sacerdote a soltar al hermano de Maíz Pequeña. Abalanzándose contra él podría causarle liberar a Índigo dándoles tiempo suficiente al par de chicos para escapar. No era una simple cuestión de valentía sin embargo también había un dilema moral que debía laborar. Por lo que Pie de Garra razonó, una boca menos que alimentar no era un mal resultado: podrían buscar comida con la misma eficacia con un equipo de tres. Pie de Garra no derramo lágrimas por nadie desde la muerte de sus hermanos y sus padres, pero la imagen del rostro de tristeza de Maíz Pequeña, si volvía sin su hermano era demasiado para soportar. Este acababa de hacerse de valor suficiente para abalanzarse contra el sacerdote, cuando los otros cachadores regresaron para informar de su fracaso en detener al resto de la banda. Ahora no había manera en la que Pie de Garra pudiera liberar a Índigo. El solo nunca podría superarlos. Alivio y la culpa lo inundaban en partes iguales.

Hubo un intercambio áspero entre el captor de Índigo y el grupo de búsqueda. Estaba claro que el sacerdote en túnicas negras estaba muy molesto.

– “Bueno salgan a buscarlos otra vez” Pongan vigilancia en las vías principales de entrada y salida de los barrios bajos. “Tienen hambre ya tendrán que salir a buscar de nuevo.”

Uno de los sacerdotes le hizo una pregunta.

– “No me importa cuánto tiempo tome,” les gritó el sacerdote estos eran obviamente, sus subordinados. “Manténgase fuera hasta el amanecer, si es necesario.” Dicho esto, se llevó a Índigo dentro del templo sin mirar atrás por encima del hombro.

Pie de Garra observo con consternación. Tres no era mucho una banda, reflexionó. También se le ocurrió que Índigo había sido el mejor ladrón entre ellos. Por lo que tomó nota de la dirección en que los tres sacerdotes se dirigían antes de emprender otra carrera de ratas que lo llevaría de regreso a su cabaña en ruinas, sin cruzar por ninguna de las vías principales.

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